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La Revolución contra sí misma

  • 2 days ago
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Updated: 23 hours ago

Llegué a La Habana a comienzos de los años noventa, poco después de la caída del Muro, con un ejemplar de La hora final de Castro, de Andrés Oppenheimer en el equipaje. El libro prometía lo que casi todo el mundo creía inevitable: el régimen no sobreviviría al colapso soviético. La lógica era impecable. La economía cubana dependía del subsidio de Moscú, Moscú ya no existía, y por lo tanto la Revolución entraba en su última hora. Era una predicción razonable. Era una predicción equivocada.


Me alojé en el Hotel Nacional. Una de las primeras tardes, al regresar de la calle, descubrí que el ejemplar había desaparecido. La camarera no había pasado. La caja fuerte estaba intacta. Sólo faltaba el libro. Los servicios de inteligencia cubanos tenían sus propios métodos de revisión bibliográfica. Comprendí entonces dos cosas: que el régimen vigilaba con atención lo que sus visitantes leían, y que el régimen no estaba muriendo. Lo que estaba muriendo era la idea de que el régimen agonizaba.


Castro vivió otros dieciséis años. Murió en su cama. Le sobrevivieron primero su hermano, después un funcionario, ahora Díaz-Canel, que tiene la consistencia y la estatura de un mayordomo de los antiguos dueños. Oppenheimer se equivocó. Yo me equivoqué. El mundo se equivocó. Eso es lo primero que conviene decir antes de decir cualquier otra cosa sobre el presente.


Recuperé hace pocos días una película que ya había usado años atrás en mi documental sobre Humberto Calzada: Adelante Cubanos, de 1959. Veinte minutos en color, narración en español, producida por Profilms de Cuba. La había visto entonces como lo que parecía ser: el último retrato de la república cubana antes del corte. Volví a verla esta semana y vi otra cosa.


Adelante Cubanos no es un documento del fin de la República. Es un documento del comienzo de la Revolución. Está hecha después del primero de enero de 1959, y la narración no deja lugar a dudas: habla de "el ideario de Martí," de "una patria nueva que ha empezado a ser de todos y para todos," de los caminos que "la revolución les abre" a los niños cubanos. La voz que acompaña las imágenes es la voz oficial de los primeros meses del nuevo régimen. La película es la Revolución hablándose a sí misma en su propio idioma fundacional, antes de saber lo que iba a hacer.


Y ahí está la fuerza brutal de volver a verla hoy. Las imágenes muestran una Cuba que fabrica cables eléctricos a cinco mil pies por hora, que produce cables telefónicos con capacidad para procesar diez millones de libras de cobre al año, que levanta casas prefabricadas en pocos días, que tiene una industria cosmética propia adaptada al clima tropical, que se enorgullece de no necesitar importar. La voz del narrador insiste: "consumir lo que el país produce es hacer patria." Es la frase más republicana de toda la película, dicha por una Revolución que todavía no había decidido destruir lo que la República había construido.


Sesenta y siete años después, las imágenes parecen surrealistas. Cuba ya no fabrica cables. No fabrica casas. No fabrica cosméticos. No produce lo suficiente de casi nada. Hacer patria, que en 1959 quería decir comprar cerveza cubana y alambre cubano y crema cubana, hoy quiere decir hacer cola por un pan que muchas veces no llega. La Revolución no falló contra las promesas de la República. Falló contra sus propias promesas, hechas por su propia voz, en su propia primera película, en su propio primer año. Adelante Cubanos es la prueba firmada por el acusado.



Eso es lo que cambia ahora. No la predicción de que el régimen termine este año o el próximo —ya nos equivocamos una vez con esa cuenta y no hay razón para hacerlo otra—. Lo que cambia es que el régimen ya no puede sostener el relato. La visita reciente de altos funcionarios de la CIA a La Habana —impensable en otro tiempo, cuando cualquier disidente era acusado precisamente de trabajar para la Agencia y por esa acusación iba a la cárcel— dice algo que ningún comunicado oficial dirá. Dice que incluso el aparato de seguridad está leyendo la habitación. El derrumbe que se anuncia no es solamente económico ni estratégico. Es moral. La Revolución ya no se cree a sí misma.


Y si llega el día —y no me animo a decir cuándo, porque ya aprendí a no decirlo— en que Cuba pueda volver a producir lo que producía en 1959, no por nostalgia de la República sino por cumplimiento tardío de la propia promesa revolucionaria, Adelante Cubanos será uno de los pocos documentos visuales que sobrevivieron para mostrar a qué se parecía esa promesa cuando todavía era posible creérsela.


La película no es la nostalgia. La película es la medida.



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