Una Cierta Mirada: Juan José Sebreli y el retrato de Buenos Aires en el siglo XX
- May 21
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Hay ciudades que son indisociables de ciertas inteligencias. Buenos Aires y Juan José Sebreli son una de esas parejas. Nacido el 3 de noviembre de 1930 — un mes y medio después del primer golpe militar de la Argentina, en plena resaca de la crisis del 29 — Sebreli llegó al mundo en Constitución, un barrio del sur de Buenos Aires que ya no existe tal como él lo conoció, y que sin embargo lo formó de manera irreversible. Una Cierta Mirada es el retrato documental que Eduardo Montes-Bradley filmó en 2004 con Sebreli como guía, interlocutor y protagonista, recorriendo a pie y en auto los paisajes urbanos, arquitectónicos y sociales que definieron su vida y su pensamiento.

El film pertenece a la serie Perfiles, producida por Contrakultura Films con apoyo del INCAA y el Ministerio de Cultura de la Nación, una de las empresas documentales más ambiciosas de la Argentina contemporánea: trece retratos de escritores, intelectuales y artistas rodados en blanco y negro, con la vocación de rescatar del mausoleo a figuras que el canon ha tendido a fosilizar. En el caso de Sebreli, el desafío era mayor: retratar a un hombre cuya vida entera es una polémica continua con su tiempo, su ciudad, su clase, su generación y consigo mismo.
La ciudad como destino
Sebreli abre el film con una declaración que es casi un manifiesto: su destino no lo fijaron los astros sino las condiciones históricas y políticas. Nacer en Constitución en 1930 significó nacer en un barrio ferroviario populoso y heterogéneo, donde la estación era la catedral laica alrededor de la cual giraba todo — la clase alta, la clase media, la clase baja, los marginales, los inmigrantes, los prostíbulos, los cafés. Ese mundo ya no existe. La autopista de Cahatoria lo dividió en dos. Las viejas familias de clase media emigraron hacia el norte. Las cederías de la calle Lima, la cervecería alemana La Guillermina, los cines del barrio con sus diez salas, los clubes, los cafés — todo eso desapareció. Sebreli lo recorre con la precisión del arqueólogo y la melancolía del testigo.
Pero la melancolía nunca se convierte en sentimentalismo. Sebreli analiza la decadencia de Constitución con la misma frialdad sociológica con que analiza el peronismo o el fascismo: la crisis del 30 destruyó a sus padres — la madre cesanteada por Uriburu, el padre quebrado — y ese derrumbe personal fue también el derrumbe de una clase y de un barrio. La historia individual y la historia colectiva son, en Sebreli, siempre la misma historia.
El cine como educación sentimental
Una de las líneas más ricas del film es la que traza Sebreli sobre el cine como institución cultural de la primera mitad del siglo XX. Para su generación, el cine no era entretenimiento: era el mundo. Se entraba a las dos de la tarde y se salía a las ocho de la noche. Cada sala tenía un estilo propio — el cine hindú con sus cabezas de elefantes, el cine Renacimiento, los cuatro grandes Art Decó: el Broadway, el Capitol, el Palais Royal, el Grand Rex. Había una arquitectura del cine que creaba climas distintos al de la calle, palacios de sueño donde se soñaban vidas que la Argentina conservadora de los años treinta y cuarenta no permitía vivir.
El descubrimiento del cine francés a través de la radio — una cronista llamada Patricia Palmer que hablaba con una voz nasal y un léxico de clase alta que Sebreli nunca había escuchado — lo llevó de niño, con pantalones cortos, al Cine Arte de Corrientes y Paraná, donde proyectaban Crimen y Castigo ante una sala de adultos que lo miraron extrañados. Ese día, dice, fue fundamental. Lo cambió para siempre. Descubrió que el protagonista real de una película no era el actor sino el director — Eisenstein, Sternberg, Stroheim, Pabst — y desde entonces el cine fue para él, como para Fellini, algo más cercano a la pintura que a la literatura: una cuestión de atmósfera, fotografía, iluminación, escenografía.
La Bohemia, las revistas y la guerra de las generaciones
El film recorre también la zona más mítica de la Buenos Aires intelectual de los años cuarenta y cincuenta: la calle Viamonte entre el Bajo y Maipú, donde convivían la Facultad de Filosofía y Letras, la editorial Sur de Victoria Ocampo, las librerías Verbum, Letras y Galatea, las galerías de pintura de Florida, el café Florida y el Jockey Club de la esquina de Viamonte y Florida. Ese modesto Saint-Germain porteño duró apenas quince años y fue destruido por las dictaduras militares, las razias policiales, el traslado de la Facultad y la codicia inmobiliaria.
Fue en ese mundo donde Sebreli encontró a sus primeros amigos verdaderos — llegó a los dieciocho años después de una adolescencia que describe como "horrible", marcada por el tedio de la escuela secundaria y la incomodidad de no pertenecer del todo a ninguna clase. El poeta Héctor Miguel Angeli, que ya había publicado un libro a los dieciocho, fue el primero. Después vinieron Oscar Masotta y Carlos Correas, con quienes formó ese trío célebre y tormentoso — existencialistas, marxistas, y sostenedores de una posición casi inédita en la época: el apoyo de izquierda al peronismo. Una ideología sui géneris, exótica, de la que ellos tres eran los únicos cultores. Lo suficientemente escandalosa para pelearse con Victoria Ocampo y con los Viñas al mismo tiempo.
La descripción que hace Sebreli de su paso por las revistas Sur y Contorno es uno de los momentos más agudos del film: Sur como un museo de una clase social en agonía — Victoria Ocampo nacida en 1880, un personaje arqueológico que él hoy hubiera aprovechado como tal en lugar de perder el tiempo en discusiones banales —, y Contorno como una revista cuya historia póstuma fue mucho más larga que su historia real. Las tensiones entre Ismael y David Viñas, entre Murena y su posterior deriva esotérica, entre el liderazgo intelectual y el liderazgo político, entre la teoría y la militancia: todo eso aparece en el film con la precisión y la distancia que da haber sido a la vez protagonista y analista.
El peronismo, el Art Decó y la ciudad moderna
El film propone también una lectura urbana e histórica de Buenos Aires que es en sí misma un ensayo. La transformación de la ciudad en los años treinta — el centenario de 1936, las diagonales, el ensanche de Corrientes, el Obelisco, los grandes cines Art Decó — es para Sebreli el último momento en que Buenos Aires tuvo un estilo homogéneo. El Art Decó impregna todo: la arquitectura de los nuevos departamentos, la decoración de los cines, los muebles, las tapas de las revistas, los gestos lánguidos de las actrices, las melenas engominadas. Después de 1950 vino la decadencia arquitectónica: no cualquier estilo, sino ningún estilo, que es peor.
Y en el centro de todo ese período, el peronismo. Sebreli no lo analiza aquí con la ferocidad de sus ensayos — el film no es un tratado político — pero traza con precisión el momento en que la política dejó de ser un trasfondo y se introdujo en todas partes: en la escuela, en el trabajo, en la casa, en la calle. La mañana del 4 de junio de 1943, cuando los padres empezaron a sacar a sus hijos de la escuela y los maestros cuchicheaban en los pasillos, fue el principio de un ciclo militarista que duraría cuarenta años. Y dentro de ese ciclo, el peronismo como fenómeno de masas — con toda la ambivalencia que eso generó en una generación que odiaba el nacionalismo y el catolicismo pero se conmovía ante el obrerismo y la figura disruptiva de Evita.
El azar, la libertad y el destino
El film cierra con una reflexión que Sebreli formula como una especie de filosofía personal: toda vida humana está determinada por la interacción de tres fuerzas. El destino — lo que no se elige: el lugar de nacimiento, la época, la clase social, el cuerpo. La libertad — lo que uno hace con lo que le ha sido dado. Y el azar — lo totalmente inesperado, lo que ningún cálculo puede prever. Es la interacción entre esas tres fuerzas lo que produce, finalmente, una biografía.
Una Cierta Mirada es exactamente eso: una biografía filmada a través de una ciudad. Un recorrido por Buenos Aires que es también un recorrido por el siglo XX argentino — sus crisis, sus dictaduras, sus utopías, sus barrios destruidos, sus cines convertidos en templos evangélicos, sus cafés clausurados por las razias policiales. Y en el centro de todo, la figura de un intelectual que nunca dejó de mirar con la misma intensidad con que miraba de niño desde la vereda de Constitución hacia la estación de trenes que era el centro del mundo.
Juan José Sebreli falleció en Buenos Aires el 1° de noviembre de 2024, a los 93 años. Una Cierta Mirada es uno de los testimonios más vivos que existen sobre su pensamiento, su memoria y su manera de habitar una ciudad que él amó críticamente toda su vida.
Dirección: Eduardo Montes-Bradley. Blanco y negro. 80 minutos. Contrakultura Films / Heritage Film Project, 2004. Producida con apoyo del INCAA y el Ministerio de Cultura de la Nación.


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