José Juan Botelli: Memorias de un poeta y su tiempo.
- Eduardo Montes-Bradley
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En breve se cumplen veinte años del estreno de “Yo y el tiempo”, film de Norberto "Negro" Ramírez sobre José Juan Botelli que tuve el gusto de producir bajo el sello Contrakultura. Contrakultura fue un un experimento curioso nacido en los albores de la era kirchnerista cuando reemplazar una consonante por la otra tenía connotaciones contraculturales. Con el tiempo eso también cambió. Creo que esa idea del tiempo es una constante en la relación que establece Ramírez con el poeta a quien el filme preserva a pesar de una ausencia prolongada.

Las páginas de El Tribuno de aquellos días dan cuenta del clima que rodeó el estreno. No se trataba simplemente de una proyección más, sino de un acontecimiento cultural que devolvía a la escena pública a José Juan Botelli —“Coco”—, músico y poeta salteño cuya figura parecía pertenecer ya al territorio de la memoria íntima más que al presente inmediato. La prensa destacaba el carácter nacional del estreno y la entrada libre en la Sala Juan Carlos Dávalos, señal de que el proyecto aspiraba a algo más que a una circulación restringida.
El propio Ramírez definía el film como un trabajo “rico”, que mostraba el nacimiento del pensamiento salteño. “Yo y el tiempo” no se detenía únicamente en la biografía, sino que se internaba en la médula del artista: su vida cotidiana, su concepción del arte, su relación con la música y la palabra. No era un retrato complaciente, sino un testimonio vivo que permitía oír a Botelli en primera persona, recordar fragmentos de su música y recorrer escenas de su vida creativa.

La entrevista publicada en esos días subrayaba algo esencial: Botelli sabía más “por hombre que por viejo”. La frase resume bien el espíritu del film. No se trataba de una evocación nostálgica, sino de una conversación con alguien que había atravesado épocas, crisis, transformaciones culturales, y que seguía reflexionando con lucidez sobre su oficio y su lugar en el mundo. El documental proponía, en ese sentido, una escucha atenta antes que una celebración retórica.
También aparecía en esas notas la idea de que el cine documental podía cumplir una función de rescate. No como museo, sino como acto presente. El film se inscribía en una tradición de trabajos que Ramírez venía desarrollando —y que desde Contrakultura intentábamos acompañar— orientados a dar visibilidad a figuras culturales cuya obra excedía el circuito inmediato del espectáculo.
Veinte años después, al releer aquellas páginas, resulta inevitable pensar en cómo ha cambiado el paisaje cultural. Cambiaron los contextos políticos, las formas de producción, los modos de exhibición. Pero algo permanece: la necesidad de registrar voces antes de que el tiempo las diluya. Quizás por eso el título sigue siendo pertinente. El tiempo no como amenaza, sino como interlocutor.
“Yo y el tiempo” fue, y sigue siendo, un diálogo entre un creador y su época. Y también una afirmación de que el cine puede convertirse en memoria activa. En ese gesto —que entonces parecía casi experimental— hay algo que hoy, veinte años después, cobra una dimensión aún más clara.
Porque si algo nos enseñó esa experiencia es que el tiempo no se detiene, pero puede ser narrado. Y en ese acto de narrarlo, preservarlo.





