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El alma de los vitrales

  • Apr 19
  • 2 min read

Por Mirell Vázquez


Un vitral es una obra de arte, es un diálogo entre la forma, la luz y los colores. Es un intento de captar en una imagen historia, tiempos, memoria… Es un testigo mudo de las condiciones de vida de los dueños, de los afanes del artista-artesano que los elabora.


Una vidriera artística más allá de su factura y su técnica muestra lo que perdura en una sociedad que cambia para adaptarse y sobrevivir. Su fragilidad es comparable a la vida de los seres humanos, sin embargo, al igual que estos, son capaces de resistir los embates del tiempo y del olvido.


Preservar este patrimonio es reconocer de dónde venimos y qué camino nos ha traído hasta aquí. Es reconocer los matices en cada obra y revivir el recuerdo de cada mano que pasó por ellos. Ese toque de humanidad es único e irrepetible.


La luz tamizada que los atraviesa provoca sensaciones, proyecta recuerdos y brinda un sentido de espiritualidad incomparable. Sus significados e interpretaciones varían de acuerdo al espectador y a lo que se representa. Forman parte de una cultura visual que se adapta acorde a los cambios estéticos, a los ideales artísticos y de la moda. Como objeto, un vitral se ubica entre lo útil y lo bello. Mientras que como símbolo de belleza se mantiene vivo, inmutable, sin contradicciones, una creación para disfrutar.


Siempre que hallé en mi camino palacios abandonados, muebles derruidos, vitrales rotos… era como si escuchara a Dulce María Loynaz preguntándose en su largo poema Los últimos días de una casa:


¿Y entonces, digo yo: ¿Será posible

que no sientan los hombres el alma que me han dado?'" 


Eusebio Leal Spengler, Legado y Memoria, 2009



En un templo se convierten en un verdadero espectáculo perceptivo creando atmósferas irreales, místicas hasta cierto punto, sitios donde la presencia divina es luz. En los edificios civiles-públicos son portavoces de clase, jerarquía, sobriedad. En un espacio doméstico denotan buen gusto, elegancia y exclusividad; pero a la vez brindan esa paz cálida que asociamos con el hogar.

Los restauradores y los historiadores culturales tenemos la responsabilidad social y personal de recuperar el patrimonio para legarlo a las generaciones futuras en las mejores condiciones posibles. Tenemos el compromiso de evitar que esa historia material, física no se pierda en el desconocimiento y la desidia. Más allá de todas las responsabilidades, tenemos el placer infinito de disfrutar de primera mano cada trazo, cada detalle. De imaginar la situación y la destreza de los seres humanos que los produjeron. Compartimos también el dolor de verlos dañados cuando ya no es posible recuperarlos.


La Habana, abril de 2026

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