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THE ARCHIVES | Soriano: Un Retrato. Reseña publicada en El Mercurio, Chile.

  • Aug 12, 2000
  • 3 min read

OSVALDO SORIANO. UN RETRATO Eduardo Montes-Bradley. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2000, 171 páginas.


Revista de LIBROS El Mercurio N° 588 — Santiago, Chile, 12 de agosto de 2000 -- CONSIDERADO uno de los iniciadores del post-boom, Soriano no fue un escritor de premios, aunque recibió más de alguno. El mayor de todos, sin embargo, fue el de la popularidad. Sus lectores lo adoraban, hasta el punto que a tres años de su muerte aún celebran, como si fueran novedades, sus recopilaciones póstumas de artículos y relatos. Pero incluso esa veta se extingue y ahora llega el momento de escuchar a quienes compartieron o disintieron de su amor a los gatos, el fútbol y el cine.


Mientras realizaba un documental sobre el escritor, Eduardo Montes-Bradley concibió la idea de hacer un libro con los testimonios de quienes habían conocido a Soriano. No se trataba de fabricar un panegírico destinado a fundar un nuevo mito argentino, sino todo lo contrario: a demostrar que el Gordo, como lo llamaban sus amigos, era un hombre de carne y hueso —más de carne que de hueso— con manías y aversiones, capaz de cometer arbitrariedades y de sufrirlas en carne propia, sin perdonarlas jamás. Un ser bonachón y tímido, reacio a la vida social, que llamaba a sus amigos de madrugada para conversar con ellos durante horas.

Juan Forn, Mempo Giardinelli y Antonio Dal Masetto son algunos de los autores entrevistados por Eduardo Montes-Bradley. Pertenecen, inequívocamente, al grupo de amigos de Soriano; más distante se muestra Liliana Heker, quien recuerda lo mal que se llevaba con algunos críticos. Osvaldo Bayer y el propio Montes-Bradley evocan, por su parte, dos encuentros con el autor. Se reproducen, por último, cartas de extensión y valor desiguales, enviadas a Soriano por Juan Gelman, Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares.


Insólito es el testimonio de Ariel Dorfman, otro de los escritores entrevistados. Recuerda que le tocó leer Triste, solitario y final cuando fue jurado del Premio Casa de las Américas 1973. La novela estaba firmada con seudónimo. Fascinado, trató de convencer a los jurados cubanos para darle el premio, pero ellos encontraron que dejaba mal parado a Chaplin y eligieron otra, con el voto de minoría de Dorfman. Agradecido, Soriano le pidió su fundamentación para incluirla en la primera edición de la novela, publicada por Corregidor. No tardaron en hacerse amigos. Se encontraron en Buenos Aires, después del golpe. Soriano le preguntó si le gustaban los gatos y si prefería la ciudad al campo. Cuando Dorfman le respondió que prefería los perros y caminar por la tierra, el Gordo le dijo: "A pesar de eso te quiero".


OSVALDO SORIANO. UN RETRATO Eduardo Montes-Bradley. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2000, 171 páginas.



Revista de LIBROS El Mercurio N° 588 — Santiago, Chile, 12 de agosto de 2000
Revista de LIBROS El Mercurio N° 588 — Santiago, Chile, 12 de agosto de 2000

La sutileza del director busca dar la multiplicidad iluminándola de una forma diferente a personajes muy conocidos; aquí lo que hace la diferencia tiene que derivar de Bayer mismo. Del anarquista puro y duro que polemiza en la contratapa de Página/12 asoma un costado con más sombras (y por lo tanto, más relieve). Como el ejercicio de la polémica lo obliga a presentar un frente sólido, homogéneo, sin fisuras, la severidad de la escritura de Bayer se mantiene en el relato de su vida que hace frente a la cámara de Montes-Bradley, pero matizada por su propio humor y por la mirada del director.


La vida de Bayer va de Argentina a Alemania varias veces. El costado "alemán" de Bayer es lo que lo convierte (al menos en la película) en algo anómalo con respecto al panorama habitual del intelectual que se identifica con la izquierda. Bayer es culto, refinado, un tipo con un refugio adonde escapar en tiempos sombríos (que puede ser Alemania tanto como la música) y no tiene empachos en sacudirse a las vacas sagradas.


La anécdota cubana en donde el régimen revela su faz burocrática y el Che su, digamos, romanticismo voluntarista, es reveladora de varias cosas: de los esfuerzos de Montes-Bradley por darle una forma compleja a una persona compleja y de los prejuicios de Bayer con respecto a lo que se puede decir y a lo que no.


Hay otra forma en la que la película introduce una novedad en lo que se espera de la semblanza de un intelectual de izquierda: es la belleza. La música, los lugares nevados por donde camina, la formalmente perfecta manera de relatar del escritor ponen el énfasis en otro lugar que el esperado.

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